Historia del Flamenco

Las historias del Flamenco abundan, pero se repiten en casi todas ellas las explicaciones cerradas en sí mismas: datos biográficos sobre artistas flamencos, anécdotas recogidas oralmente y mezcladas con leyendas y especulación literaria. Cuando se manejan fuentes escritas, es frecuente que vengan acríticamente citadas. Junto con esto, todavía son minoritarias las referencias colaterales, las aproximaciones que relacionen el mundo del Flamenco con el entorno social y cultural circundante. Aflora en muchas historias del Flamenco un enfoque parcial, romántico y tradicionalista. El Flamenco se analiza como manifestación progresiva de un arte racial originario, el de los gitanos andaluces, que al manifestarse poco a poco ‘al mundo exterior’ (primero a partir del fin de la persecución a los gitanos, en época de Carlos III, y sobre todo a partir de la época de los Cafés Cantantes, entrada ya la segunda mitad del siglo XIX) habría ido perdiendo, como consecuencia inevitable, su originaria ‘pureza’. Enfoque más bien simple y que no varía mucho del que emitiera Antonio Machado y Álvarez allá por 1880, que siendo el primer ‘flamencólogo’ es también el primer nostálgico de un pretendido flamenco puro en peligro de desaparición. Pensamos, con Gerhard Steingress (1998: 104), que “El género Flamenco es un género demasiado ecléctico para caracterizarlo de un modo unidimensional”. He aquí nuestra propuesta de resumen de la historia del Flamenco.

Aparición del Flamenco

En su Historia del Flamenco Ángel Álvarez Caballero (1986: 23 y ss) cita un pasaje de las Cartas Marruecas de José Cadalso como un primer precedente de fiesta flamenca. Es la historia, ficticia pero con base en vivencias reales, de un personaje que tras perderse por la sierra de Cádiz, se encuentra con un ‘señorito’ que le invita amablemente a alojarse en su casa justamente la noche en que éste había organizado para sus amigos una fiesta nocturna, previa a una jornada de caza del día siguiente. En la fiesta que describe, el gitano tío Gregorio y su parentela divierten a los invitados con su cante, guitarra, palmas…

La fiesta levemente descrita por Cadalso es de carácter privado pero interesa reseñar la participación significativa de gitanos. Está ya muy próxima a otras fiestas de las que poco después, a principios del siglo XIX, comenzaremos a tener noticias, y que podemos retener como las primeras veladas flamencas: las descritas por E. Calderón en Un Baile en Triana (1831), por Richard Ford (1830, 1846) o William Beckford en 1834 y, algo más tarde pero conservando aún la misma factura, por Charles Davillier (1862).

No obstante hay una diferencia importante entre el texto de Cadalso y estos otros. Mientras en éstos -todos ya del siglo XIX- se describen fiestas que se organizan contando ya con la presencia de personajes foráneos –incluso muchas se organizan para ese nuevo tipo de público-, la fiesta descrita en las Cartas Marruecas no pasa aún de ser un evento más o menos familiar o privado y en un lugar apartado y rural.

El ejemplo de Cadalso nos confirma algo que ya hemos visto en el anterior apartado: que por los años en que se sitúan los hechos narrados –en torno a 1785- estaba ya generalizada una realidad social sobre la que se fundamentará el surgimiento de las primeras fiestas flamencas: una cierta integración cultural entre los gitanos y la población andaluza. Pero le falta el componente -para nosotros clave- de la explotación de este tipo de eventos como propuesta lúdico-artística y de espectáculo.

En efecto, en su libro El Flamenco y los Románticos, Rocío Plaza nos confirma un dato: a partir de 1830, algunos extranjeros que pasaron por Sevilla dejaron reseñada en sus escritos una novedad que por esos años, a lo sumo muy pocos años antes de estas fechas, estaba comenzando a surgir: Tras presenciar con entusiasmo bailes españoles en los teatros, a los personajes distinguidos se les brinda la posibilidad de acudir a una función privada. He aquí lo que consideramos un paso clave en los orígenes del Flamenco: no basta un simple baile de candil en el que la presencia de gitanos sea significativa, sino que hace falta que éste surja por una voluntad de exhibición, o al menos que ésta se haga presente junto a la puramente lúdico-festiva, para que podamos identificarla como función o velada flamenca.

Esto no quiere decir que en estas tempranas fechas (1820-30) quepa hablar de puro espectáculo, ya que esas veladas seguían conservando cierto carácter de fiesta privada (algo que por otra parte reforzaba el carácter ‘exótico’ de la propuesta).

Así pues, cabe situar como primera época del Flamenco la de las primeras décadas del siglo XIX, no antes quizás de 1820. Y como lugar, el de Sevilla, y más en concreto el barrio de Triana (aunque muy en relación con el ambiente del resto de la ciudad).

Autor: D. Miguel Ángel Berlanga

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